Hagamos nuestra esta preciosa oración de un monje cartujo:
“Te agradezco, Señor, la fe que me has dado;
haz revivir la gracia que hay en mí
por el bautismo, la confirmación y los otros sacramentos.
Te ofrezco con toda firmeza, decisión y alegría del corazón, mi vida.
¡"Señor mío y Dios mío"
¡Quiero corresponder a tu Amor inmenso y eterno;
quiero amarte con todo mi corazón, con toda mi alma,
con todo mi espíritu, con todas mis fuerzas.
No quiero tener otra preocupación
que la de corresponder al Amor que me tienes.
No quiero saber nada más, ni pensar en nada más, ni trabajar, ni sufrir,
ni vivir para nada más que para tu Amor.
Quiero que toda mi ocupación, mi afán, todo mi vivir sea amarte;
que nada me distraiga el pensamiento,
ni me prive las acciones ni me perturbe los afectos.
Y, aunque me encuentre en tribulaciones, perseguido, humillado,
en tentaciones y martirio,
y hasta en la misma muerte,
también te estimaré de corazón
y te encontraré igualmente dulce y amable, providente y bondadoso.
Quiero recordar y meditar cada día tu Amor
para poder corresponderte con todo mi saber, poder y querer….
Amén”.